Ya habían pasado los días, la verdad es que si los agrupábamos ya se convertían en meses, pero yo, seguía escuchando su voz que hablaba en mi cabeza, esperaba volver a verla e intentaba ubicarla con desesperación, no sé a qué se debía tal afán de verla ahí, ¿qué le diría si la veía de frente? No podía pararme ante ella y solo decirle “hola...” sabía que luego de su “hola” vendría la pregunta incomoda del ¿cómo estás? seguida de un cortante y frio “bien” sin importar si era cierto o no, con el fin de terminar ahí la conversación.
Podía imaginar su mirada, y en mi mente maquinaba un sin fin de posibles conversaciones, tonos de voz y expresiones que podría ocupar estando frente a ella. La verdad sentía miedo, hasta en mis sueños y pensamientos temblaba, mi estomago se retorcía, mi garganta se negaba a entregar palabra alguna y mi corazón se oponía a seguir el ritmo que mi cerebro le pedía. Me imaginaba a su lado y no podía esperar que un ataque de suspiros me atacara.
Tenía ganas de explicarle lo mucho que la extrañaba, contarle que las luciérnagas ya no iluminan como iluminaban cuando ella estaba, que las cataratas ya no son de miel, que las cebras ya no corren al horizonte por las noches, que los suspiros no son confitados, que sin ella los pingüinos sienten frio por primera vez, que los payasos no sonríen ni dejan sonreír, que el fuego no calienta, pero por sobre todo, que yo la extraño y necesito.